La Selección argentina se jugaba una parada brava ante Holanda por los Cuartos de Final de la Copa del Mundo de Francia ’98 y en lo personal era doblemente vibrante porque ese mismo día yo cumplía nueve años.
Pese a tener menos de dos dígitos de edad, tenía conciencia de que el resultado de ese partido podía cambiar el rumbo de mi festejo. Toda la familia estaba pendiente a ese encuentro, que el combinado argentino tenía en sus manos con ese gol de Claudio “El Piojo” López por entre las piernas de Edwin Van Der Sar, pero luego se marcharía con los goles de Patrick Kluivert y Denis Bergkamp a 6 minutos del final. Los abrazos entre mi abuela y mi padre que siempre se llevaron mal, los gritos de mi abuelo paterno que nunca levantaba la voz, las sonrisas de mis primas con las caras pintadas celeste y blanca, duraron menos de media hora.
Al otro día vendría la tapa de El Gráfico, que tanto me marcó. A diferencia del resto de las personas, en mi memoria de esta revista deportiva no hay un festejo de campeonato, un gol al último minuto, ni el final de una carrera de TC.
Esa fatídica tapa me marcó porque pasé uno de los peores cumpleaños de mi vida el día anterior. Todos mis familiares se fueron tristes de mi festejo, en particular era el primer Mundial que podía ver con lucidez y por culpa de ese maldito cabezazo de Ariel Ortega al arquero holandés, se empañaría todo en un abrir y cerrar de ojos.
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